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La dictadura de la incompetencia

junio 01
05:00 2015
Carlos Medrano Sola buena

Carlos Medrano Sola

En la peluquería de mi prima Charo leí una entrevista a la escritora Cristina Higueras. Entre las cuestiones que le preguntaron una fue “¿Qué detesta más?” Y ella respondió que la incompetencia.

Si se es un incompetente, sólo se puede sobrevivir si no existe competencia, es decir, si hay que morir al palo y pasar por la ventanilla del incompetente. Antes de criticar a los funcionarios debo decir que mi amigo Abel es un profesional como la copa de un pino y es funcionario. Lo digo tan claro porque cuando critico a la función pública se enfada de verdad conmigo. Pero todos hemos sufrido delante de un mostrador ante la frustración de no poder solucionar nuestro problema en otra ventanilla. Hay que tragarse el orgullo, volver a hacer cola y rogar al cielo que esta vez sea la definitiva.

En otra galaxia están los mercados competitivos. Estos son la selección natural que Darwin definió para el medio natural. Una selección que favorece no a los más fuertes o más inteligentes sino a los que saben adaptarse a las circunstancias cambiantes de su entorno. La evolución no afecta a todos por igual, los que aciertan; prevalecen y los que no; se extinguen. Esta ley no se aplica a los que tienen asegurado su trabajo para el resto de sus días. Estos últimos no necesitan ni ser fuertes, ni inteligentes, ni siquiera adaptarse a los cambios. Solo tienen que ser.

En el mercado monopolista, el tirano pone los precios que le hacen ganar más dinero. Ese precio será superior al que hubiera con dos competidores. Con otra empresa en el mercado hay intereses por parte de los dos competidores en bajar precios para quedarse con los clientes. Aún así pueden ganar dinero porque los precios estaban inflados. Pero existe un incentivo perverso, que es que se junten a escondidas y pacten precios. Así ha sucedido recientemente con las multas millonarias a las más importantes petroleras en nuestro país. Parece claro que para los consumidores cuantos más competidores existan mejor. Pero ¿cuántos competidores pueden entrar en un mercado?

Si cada vez entran más y los precios van bajando se van estrechando los beneficios. Las ganancias se reducen tanto que llegarán a cero, momento en el que no habrá intereses para entrar en dicho mercado. Las empresas comienzan a competir quitándose clientes unas a otras, como si fuera un mar lleno de tiburones que se alimentan mordiéndose entre ellos. Queda un mar rojo de sangre. Es el momento en que para poder ganar dinero (condición sine qua non para subsistir) solo les queda marcharse a otros mercados donde haya nuevos clientes o innovar.

Ambas acciones son el descubrimiento de nuevos océanos azules donde no hay tiburones y sí peces (que son los beneficios). Esto dura un tiempo hasta que otros tiburones siguen el camino y vuelta a empezar. La dinámica competitiva hace que las empresas que sobreviven deban estar continuamente reinventándose y luchando por el cliente. El cuál es el único que puede despedir a toda la plantilla, con solo decidirse por comprar en la tienda de enfrente.  El cliente es el rey. Y no se puede sobrevivir si no le tenemos debidamente satisfecho.

¿Es posible introducir competencia en el sector público? No solo es posible sino que además es necesario. Algunos médicos en Inglaterra dan sus servicios a los pacientes, a los cuáles les giran sus facturas que luego paga el estado. Si eres un gran médico tendrás muchos pacientes y podrás ampliar la clínica. Si no eres bueno deberás espabilar. En los Estados Unidos implantaron un sistema variable para sus colegios públicos. Los colegios con mejores expedientes académicos se les subvencionaban más, y viceversa.

Para los que estén pensando en que estos modelos son culpa del capitalismo atroz, les diré que los chinos hacen competir entre sí a sus provincias. Éstas innovan introduciendo nuevos y distintos proyectos. Los que funcionan son bendecidos por el gobierno central y los que no se dejan de lado. Funciona igual si trabajas en una empresa y te apoltronas al calor de la nómina, corres el riesgo de depreciarte.

“Cuando nos confiamos somos muy malos” decía Zabalza, ex entrenador de Osasuna. La ley del mínimo esfuerzo nos afecta a todos y solo espabilamos cuando nos llaman de la mejor universidad del mundo que es la Necesidad. De hecho, ¿Cuándo volvemos a estudiar inglés? Cuando nos quedamos en paro.

 

Carlos Medrano Sola
Economista y consultor
www.eldineronocaedelcielo.com

 

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